En 7º básico fuimos con el colegio a la Granja Educativa (tenía compañeros que no conocían a las gallinas). Frente a la jaula de los pollitos, el guía pesca un pollo ya más crecido y pregunta que quien lo quería porque o si no lo iban a tener que matar, nadie levantó su mano y tuve que hacerlo yo. Así fue como me volví en el bus con una cajita blanca con el logo de Ariztia bien grande con un pollo fallado adentro.
Killer, así le puse, vivió un año y medio en la casita de muñecas del jardín, transformándose en una gran gallina-gallo, hasta que mi mamá no aguantó más los desastres en el jardín y se lo regaló a escondidas a un jardinero, a mi me dijo que se había ido. Al otro día, desolada por la noticia, el jardinero me dice que la gallinita la habían hecho al horno con papas fritas.
A parte de no hablar con mi mamá por mucho tiempo, prometí JAMÁS volver a comer pollo en mi vida. Me duró 6 años nomás la promesa porque por la pucha que es rico el pollo en todas sus variedades y este a lo pobre que nos zampamos en EL Dante de la plaza Ñuñoa estaba fabuloso.
Siempre te recordaré, Killer.








